Carta profesoral Uclaista
Febrero 22, 2011.
Febrero 22, 2011.
CAMBIO Y PERMANENCIA EN LA TRANSFORMACIÓN UNIVERSITARIA.
El pasado tres de febrero asistí como ponente a un foro sobre la transformación universitaria, en el núcleo Tarabana de la UCLA, invitado por los Decanos Nerio Naranjo y William Zambrano, de Agronomía y de Ciencias Veterinaria respectivamente. La actividad formaba parte de la celebración del 47 aniversario de ambos decanatos y tuve el honor de compartir el panel con la Doctora Danaé Rondón y el Doctor Alexis Guerra. Reitero mi agradecimiento a los decanos por la invitación y en lo que sigue, trataré de sintetizar algunas de las ideas expuestas en mi intervención.
En primer lugar hice referencia a la dificultad para hacer cambios en la universidad; he allí una paradoja porque es desde ella que mejor se puede saber cuáles deben ser los cambios pero es en ella donde hay más resistencia. En cambio, es en el entorno desde donde usualmente provienen las presiones más fuertes para los cambios, pero donde menos condiciones hay para saber cuáles son y cómo implementarlos. Por entorno quiero referir aquí a los actores sociales, principalmente los políticos y los grupos de interés económico.
La dificultad o resistencia al cambio creo que se explica –al menos en parte- por la misión de la universidad. Es una misión muy grave, muy delicada, le decimos a la sociedad: en estos profesionales pueden confiar; cuenten con ellos para atender sus asuntos, sus urgencias y necesidades, sus esperanzas y proyectos, ellos están bien capacitados, nosotros lo certificamos. Otro tanto pasa con el conocimiento generado en el contexto de las actividades de investigación. Es comprensible entonces que esto genere aversión al cambio, incertidumbre y dudas que en muchos casos conduce a posiciones conservadoras.
Debemos tener en cuenta también que la universidad es una institución que data de siglos. Pudiéramos decir que su origen más remoto se puede ubicar en la antigüedad, en la Grecia antigua, cuando alrededor del siglo VI a. C. nace la filosofía, que tiene como características fundamentales la crítica que se opone al dogma, la diversidad y la pluralidad, que son los rasgos fundamentales que la universidad a lo largo de su historia fue desplegando cada vez más, hasta llegar hoy a un nivel pleno. La escuela que funda Platón se llamaba la Academia, término que todavía hoy usamos. Entonces, bien podemos decir que tenemos entre manos una cuestión con antecedentes que se remontan 2500 años atrás, es decir, hay antecedentes que deben ser considerados y obligan a discutir sobre los cambios en el entendido que deben haber continuidades, se trata de cambios sin solución de continuidad en aquello que debe permanecer, verbigracia: la autonomía universitaria, la libertad de cátedra, la pluralidad y la democracia.
Cambios y continuidad en el gobierno universitario.
Circulan dos proyectos que fueron presentados a finales del año pasado, como alternativas al proyecto oficial que fue sancionado y luego “vetado” por el presidente. En ambos proyectos alternativos se elimina el vicerrectorado administrativo. En uno de éstos proyectos, se sustituye por un Director General Administrativo nombrado por un triunvirato (conformado por el rector, el vicerrector académico y el secretario general) El otro proyecto plantea algo similar. Se esgrime una argumentación para justificarlo, que podría ser razonable pero no aceptable, en la medida que ello implica una sesión de facultad decisoria del electorado universitario, que hasta ahora es el que decide quién es la cabeza administrativa de la universidad. El componente administrativo conforma junto con el componente académico, el componente de secretaria general y el componente de dirección rectoral, los cuatro componentes básicos cuyos titulares son elegidos por el electorado universitario ¿Qué argumentación puede ser tan fuerte y suficiente como para justificar que el electorado ceda a un triunvirato, la facultad de decidir quién es el titular de un componente tan importante como el administrativo? Además, al restarle peso institucional -al eliminar su carácter de autoridad universitaria- agrega más poder al rector. A eso habría que agregar que las decisiones que se toman en la máxima autoridad (consejo universitario) podrían carecer de suficiente factibilidad, en la medida en que la cabeza del componente administrativo no forma parte de la toma de decisiones, en tanto que no es un funcionario electo sino designado. Es un retroceso en la democratización, además de un debilitamiento del proceso de toma de decisiones de la máxima instancia del gobierno universitario.
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