Mayo 1°, 2012.
Política en la universidad.
Parece necesario y oportuno hacer una reflexión y un análisis
sobre la universidad y la política, a propósito del acto de los estudiantes con
el candidato Capriles, el pasado viernes 20 de abril en el Decanato de
Administración y Contaduría. Algunos reaccionaron condenando el acto, con el
argumento de que en la universidad no se puede hacer política y alguien
solicitó que el Consejo Universitario se pronunciase contra este tipo de actos
en la institución. Otros, en cambio, nos pronunciamos a favor y vemos bien que
en los espacios de la universidad se den este tipo de encuentros. Sin embargo,
es necesario ahondar en las razones que fundamentan esta posición. La cuestión
no es sencilla y no puede despacharse en pocas líneas o suscribiendo consignas
a favor o en contra. Tampoco pretendo hacer un tratado, aun cuando el tema lo
amerita. Pero, como me comentaba alguien, de todo este alboroto algo bueno
puede quedar y trataré entonces de contribuir en ese sentido.
Quizás sea apropiado empezar por
explorar el concepto de Política. La entiendo como una expresión del espíritu
humano, inevitable en tanto sea necesaria la convivencia social y dable pensar
que su ejercicio puede ser recto, a pesar de la abrumadora evidencia en
contrario. Si en algún momento en el futuro el ser humano puede vivir sin
entrar en relación con sus semejantes, entonces estará demás. Pero la sociedad
sigue siendo un hecho y el cómo administrarla es la cuestión que la política debe
responder; nos guste o no, tendremos entonces que lidiar con ella por muchas
generaciones más. Sin embargo, es curioso observar que en algunas
circunstancias, la sociedad pareciera funcionar poniéndola al margen, como si
ésta no existiera. Es, sin embargo, una ilusión, una terrible ilusión.
La forma en que la política se
concreta en la sociedad, puede ser diversa. Pero a efectos de esta breve
especulación, consideremos dos que son antagónicas: democracia y tiranía. La
vida política de las sociedades en democracia puede llegar a ser tan prolija,
que diera la impresión de que no se necesita nada más. En contraste, en la tiranía
los ciudadanos son tan ajenos a la política que pueden llegar a perder su
condición de tales, es decir, de ciudadanos y convertirse en esclavos sin
saberlo. Así entonces, a quien más conviene el adormecimiento ciudadano y la
indiferencia política es al tirano. Dicho de otra forma, una sociedad es
impensable sin asuntos públicos y éstos se administran o bien con democracia o
con tiranía, y ésta última solo prospera si los ciudadanos se desentienden de
los asuntos públicos, es decir, de la política y dejan todo en manos del Uno-Supremo. Por cierto, no postulo que
todos debamos ser políticos o estar siempre encima de los asuntos públicos; lo
que planteo es la cuestión de quantum de política es imprescindible para
garantizar la ciudadanía, como atributo inalienable de la vida en sociedad. Aquí
creo que es ya la ocasión, entonces, de introducir la pregunta: ¿Puede la
universidad desentenderse de la política?
Tal vez yerro, pero creo que todos
responderíamos en forma unánime, que no es posible ni deseable para la
universidad desentenderse de la política. Luego de este probable acuerdo, sin
embargo, lo que viene con seguridad es un desencuentro sobre cómo o cuál es la
forma posible y/o deseable de vincularse la universidad con el mundo político.
Creo que un punto crucial es que esa vinculación debe hacerse en forma tal que
siempre quede garantizada la no politización de la vida universitaria; de aquí se
desprende que aquella vinculación no puede entenderse como politización y mucho
menos como partidización (no estaré de acuerdo con llenar de afiches las
paredes de la universidad durante la
campaña electoral, ni con prestar los espacios para una convención partidista).
Mi concepto de universidad -al respecto-
no es, entonces, una universidad politizada pero tampoco apolitizada. Es
una universidad vinculada a la política, en tanto que dimensión esencial, y no
solo en cumplimiento de alguna especie de obligación con el país, sino además
por convenirle a su propia existencia, porque nada es más atentatorio a la
plena expresión del espíritu universitario que la tiranía, de la misma forma
que nada le es más favorable que la democracia.
En concreto y más directo al grano, no obstante todo lo dicho
hasta aquí, la pregunta es: ¿Se debe permitir que un candidato a presidente de
la república protagonice un acto con estudiantes universitarios en espacios de
la universidad? Respondo que si, sea cual sea el signo de ese candidato, más
aún si se trata de uno con altas perspectivas de resultar ganador, que cuenta
con un significativo apoyo político y haber sido invitado por sectores
estudiantiles con representatividad y legitimidad. Por cierto, esto no es nuevo
para la UCLA: en el pasado estuvo un candidato presidencial en el Ambrosio
Oropeza, por lo que no veo que ahora pueda ser algo malo lo que entonces fue
bueno. Diré en cambio que, hoy más que ayer, dada la crispación de la vida nacional
por la tensión que genera un gobierno incompetente y con inocultables
tendencias autoritarias (y ahora empezamos a ver que con vínculos mafiosos
también) es necesario que la universidad preste sus espacios y capacidad de
convocatoria institucional, para una actividad que es perentoria para la sana
vida del país, más aún si caemos en cuenta que la alternativa a la salida
política es la tragedia cruenta de una guerra civil.
Estuve ese día presente. Las cosas han podido salir mejor,
organizarse y decidirse de otra forma, pero el entusiasmo eufórico de una
juventud que ha decidido no ser indolente, indiferente y ajena a su propia suerte y al
destino de su país, y ha optado por una opción política sin miedo y con
esperanza, me hizo sentir orgulloso de mi universidad. Esa noche no hubo clases
regulares, es verdad, pero si una extraordinaria clase de civilidad, democracia
y coraje contra la violencia oficialista. Esa es la universidad que debemos
cuidar y fomentar, una universidad abierta, valiente y de cara al país.
Dr. Pedro A. Reyes V.